El maestro Félix Dauajare
U n a de esas potosinas y conservadoras tardes que abundaron durante el «rochismo», tuve la oportunidad de conocer a Félix Dauajare. Padeciendo el escritorio que lo identificaba como sub-secretario General de Gobierno (creo que Dauajare padeció en su vida muchos otros escritorios), con su mirada apacible, con su espíritu abierto y tolerante, esa tarde hablamos de poesía, de Pedro Garfias, de Octavio Paz, de José Ignacio Betancourt. Ya por entonces Dauajare había decidido «colgar los hábitos de la política» aunque, por circunstancias más que por voluntad, en 1973 se convirtió en presidente municipal de esta ciudad (y, dicho sea de paso: sin ruidos adversos ni fastidio electoral).
Precisamente, una de las convicciones que admiro de él es la de su tenso e intenso deslinde moral con el poder. Dauajare es poeta no sólo porque publique muchos libros, o porque así lo reconozcan los reseñistas y catalogadores de la cultura. Dauajare es poeta por su profundo recelo y desprecio al poder que, ahora más que nunca, es el ave mala y perversa que abunda por el mundo y el país.
Dauajare es un poeta con vigencias, de vigencias, porque su voz, nutrida en la Filosofía, ha sido siempre la de la ética común, la de la humanidad.
Aquella tarde potosina y conservadora, ahora lo pienso, tuve la oportunidad de conocer, de hacerme amigo de una de esas raras aves morales que habitan todavía por aquí.
Aquella tarde, también, iniciamos una fructífera relación de aprendizaje, porque Dauajare, el «ex-poeta oficial», nos inició, nos confirmó (y creo que también lo hizo con muchos de los presentes) en el difícil arte de la duda. Dauajare nos enseñó y nos enseña sin estridencias, dejando siempre la afirmación categórica en la antesala de los labios, para que se anule o se entibie.
Sé que a Dauajare le incomoda el tono del homenaje, el rostro de la rutina, la superficialidad. Pero creo que hoy es necesario hablar no sólo de las virtudes y logros de su trabajo poético; debemos reconocer, homenajear —¿por qué no?— a la grandeza humana que palpita en la humildad y sencillez que nos ha prodigado.
Dauajare fue con el arquitecto Cossío el impulsor del Taller Literario que funciona en esta entrañable Casa de la Cultura de San Luis Potosí. Aparte de este importante dato para la historia de la cultura potosina, lo que estaba detrás de la iniciativa para el extraordinario encuentro que aquí tuvimos con el maestro Miguel Donoso Pareja, era esa eterna y terca voluntad para relacionarse —como dice él— con los jóvenes, para ser fiel a su propia juventud: Dauajare ha sido el poeta joven más prolífico y actualizado de San Luis.
Con él hemos aprendido muchas cosas, como reconocer y festejar la dignidad generosa de una conversación con whisky, o la poética preparatoriana del billar. Pero, sobre todo: con él hemos aprendido que la mejor cualidad del hombre ha sido, es, será, su capacidad de sonreír y amar.
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